Relatos cortos, criticas y algunas cosas más.

sábado, 12 de marzo de 2011

8 - (Robert) CUANDO MI PALABRA NO CUENTA

                 Rosita abrió la puerta, y por la mirada que me echó, supe que habría problemas.
- Tu papá quiere verte en su estudio – me rozó la mejilla con los dedos.
- Gracias Rosita – le agradecí el gesto, tomando su mano y besándosela.
                Jason Wayne estaba esperándome en su habitación favorita, rodeado de libros que no había leído, bebiendo algo que valía más de lo que Rosita ganaba en un año. Su traje a medida y su precioso anillo de Harvard, o de dónde fuese, ¿Quién prestaba atención a lo que decía?
- Vaya. Mi hijo y único heredero, el futuro propietario del imperio Wayne.
                Mi padre se quería demasiado, todos los meses contaba su dinero para ver cuánto había ganado. Dana y Jared no eran hijos de papá, sino que llegaron al matrimonio aportados por mi madre, que antes de casarse con mi padre, estuvo ya casada con un gran hombre que murió dejándola sola a cargo de dos gemelos. Gracias a Dios que Gerard Clayton, como se llamaba, la había dejado muy bien situada. Por lo que no hubiese sido necesario contraer nuevas nupcias.
- ¿Qué tal tu primer día? Intenté hablar con el director, Hanson o algo así, pero no pude localizarle. El muy lerdo se pensará que puede ignorarme - CLARO, PARA ÉL TODO EL QUE NO TIENE UNA ABULTADA CUENTA CORRIENTE ES UN LERDO.
- Ha ido bien, se ven buena gente, en general.
- Proletarios sin futuro.
- Sí, papá – atajé por si podía zanjar el tema.
- No me des la razón como a los dementes, Robert. Te dije que algún día terminarías en una de esas instituciones para adolescentes incontrolables como tú.
                Bajé la vista, no podía mirarlo a la cara, le aborrecía como nunca antes había aborrecido a nadie. Se plantó delante de mí y me miró, era bastante más alto que yo, y corpulento. No tuve que pensar mucho qué se le estaba pasando por la cabeza, enseguida me lo hizo saber.
- ¿Ya te has metido en una pelea?
- No papá, solo ha sido un accidente, tropecé – aún siendo la verdad, no sé cuantas veces había intentado salir airoso con una respuesta parecida.
- Lo que me fastidia más, no es que hayas vuelto a tener problemas, sino… – fue hasta la puerta y la cerró –… lo que me supera es que mientas.
                No vi que diera la vuelta al anillo para poner la insignia hacia el interior de la mano, por lo que deduje a la fuerza, que el tipo de castigo era otro, en la misma línea, eso seguro. En silencio, él siempre procedía como en un ritual, se abrió la chaqueta, se desabrochó el cinturón y tiró de él mientras se deslizaba por las presillas del pantalón. Me parece que conocía todas las correas de papá, creo que las elegía en función del daño que podían infligir, en lugar de hacerlo según el color o el estilo.
                El primer correazo me lo vi venir enseguida, y me dio de lleno en la espalda, cruzándomela de derecha a izquierda. Aunque quise permanecer erguido, orgulloso, tuve que apoyarme en la mesa, ligeramente encorvado, para soportar el latigazo. El segundo correazo me rodeó el costado y terminó en el pecho. Pero el tercero no me lo vi venir, me cruzó la espalda y terminó en el hombro izquierdo con el picotazo de la gruesa hebilla. No sé cuándo le había dado la vuelta para tomar el cinturón por el otro extremo.
- Lo hago por tu bien, Robert. No quisiera verte en una institución de esas hasta los dieciocho. Solo quiero que madures.
                Abrió la puerta y me autorizó a marcharme. No quise apresurarme para darle otro motivo, avancé con paso firme y luego corrí escalera arriba hasta mi habitación. Me apoyé en la puerta cerrada, sintiendo la fría madera en contacto con mi mejilla hirviendo. Cerré los ojos y todo me dio vueltas sin cesar. No quería pensar, me arrastré hasta el cuarto de baño para darme una ducha. El agua me ardía, así que tuve que dejar salir el agua helada para aliviarme. Lloraba, pero no como necesitaba hacerlo para desahogarme, y era bastante frustrante. Cuando salí de la ducha, con la ropa pegada al cuerpo, Rosita me esperaba con una gran toalla en las manos. Sin decir ni una sola palabra, me ayudó a quitarme la camisa, con mucho cuidado y la oí suspirar repetidas veces cuando vio las marcas de mi espalda. Las miré a través del espejo y me espanté, cada vez era peor. Me guió hasta la cama, donde me dejé caer aun envuelto en la toalla. Sé que no tardé en dormirme, mientras tanto, Rosita estuvo a mi lado.
Algún día tendría que armarme de valor y abandonar esa casa, sabía que mis hermanos me auxiliarían, de hecho, ya me habían brindado su apoyo en más de una ocasión. Pero me tendría que llevar a Rosita.

                El resto de la semana pasó tan rápido que cuando me di cuenta ya era viernes. Había evitado a la rarita porque no me sentía con ánimo de hablarle, ni de pincharle con mis pullas, ni de ignorarla. Solo alguna media sonrisa. Ese viernes me llegó la temida hora de educación física. Por suerte me pude poner pantalón corto (ya que mi padre había tenido el detalle de no marcármelas). La mayoría de los chicos ya habían formado dos equipos para jugar al baloncesto, de todos modos, tampoco es que se me diese bien. Se ve que el tal Patrick era un portento en tal deporte, que se atrevió a dejar a la rarita abandonada a su suerte. Estaba claro que se refugiaban el uno en el otro.
                De los que quedaban allí, la tigresa, el baboso séquito, algunos chicos… y la rarita. Me puse con Mariam. Después de algunos comentarios tópicos nos pusimos con las abdominales. Se tumbó en el suelo y le sujeté las piernas. Cada vez que se incorporaba estaba súper roja del esfuerzo. Las muñequitas no debían hacer semejante esfuerzo salvo en la intimidad de sus cuartos de baño.
- Eres… un tío muy… raro ¿lo sabías? – me hizo sonreír, porque habló entre subida y bajada.
- Lo sabía.
                Le ayudé a levantarse y me tiré al suelo, aún estaba muy lastimado y las superficies duras no me hacían ningún bien.
- No quiero decir que seamos íntimos, pero por lo menos “hola y adiós” – ¿Porqué tenía que darle tantas vueltas a las cosas? Además, me dolía a horrores cada vez que subía y bajaba, lo menos que me apetecía era la cháchara.
- Lo que tú quieras – le atajé con tal de que lo dejara estar y se callara.
- Ya – no estaba muy convencida, pero surtió efecto y cerró el pico. No dejaba de observarme mientras llevaba la cuenta de las abdominales que iba haciendo. Ya no podía exigirle que tampoco me mirase, pero me molestaba.
                Cuando terminamos la clase, todos en pelotón se fueron para la ducha. Yo… no estaba en condiciones de mostrarme en público. Las marcas estaban de un tono púrpura, al menos ya no estaban tan moradas. El proceso de tonalidad de un golpe no se podía alterar. Una vez estuve solo, me fui al vestuario. Me miré en el espejo con pesar, si me vieran así tendría problemas.
                Misión cumplida. Una vez vestido y peinado, me colgué la bolsa al hombro. Con suerte llegaría a tiempo a la siguiente clase. La rarita estaba allí. ¡MALDITA SEA! ¿Y QUÉ QUERRÁ AHORA? Era incansable.
- ¿Me estabas esperando? – bufé al límite de mi paciencia. Se levantó del banco donde me esperaba sentada y caminó a mi lado, siguiéndome como un perro perdido.
- Esto… me preguntaba…
                Vi que se estaba lanzando y no me lo podía permitir, tenía que terminar con aquello, así que eché mano de lo mejor que sabía hacer… daño. Herencia paternal.
- Escucha María… – lo de cambiarle el nombre era un golpe de efecto, – No sé por qué haces esto, pero no me interesa.
                Pero ella venga insistir, hasta apretó el paso para no quedarse atrás. Me detuve y la miré a los ojos, otro golpe de efecto.
- Si es por lo del otro día…, solo quise ser amable, nada más. Así que agradecería que me dejases en paz, porque ni me interesas tú, ni me interesa hacer amigos en este maldito lugar.
                Estaba tan pálida… pensé que le iba a dar un telele o algo así. Se quedó allí petrificada y yo seguí adelante, libre de ella pero cargando con un pesado lastre en la conciencia para mucho tiempo. No se lo merecía pero yo… debía estar maldito igual que mi padre.
                El resto de la jornada pasó sin que me la encontrase, su silla estuvo vacía en todas las clases, su amigo dijo que se había indispuesto y marchado a casa. Yo la había indispuesto, más valía ahora que cuando se hubiese hecho ilusiones de algún tipo.

                Obediente, volví a casa desde clase y me fui a mi habitación a hacer los deberes. Rosita me subió la cena y minutos más tarde me visitó el gran Jason Wayne.
- ¿Ves? Así me gusta, que aproveches el tiempo, llegarás lejos si te esfuerzas.
                Me revolvió el pelo en un intento de hacer un gesto cariñoso que me dio un escalofrío.
- A ver cuando te quitas todos esos pendientes… – se creería que iba a hacer conmigo lo que quisiera, me repateaba que ahora hiciera el papel de “papi súper guay”.
                Llegó junto a la puerta, estaba deseando que se fuese ya y me dejara solo. Se detuvo y me llamó.
- Robert.
                Me volví a mirarlo.
- Hablé con un cirujano y está dispuesto a quitarte todos esos… garabatos que tienes tatuados. Costará mucho dinero… pero por mi chico, no me importa. Ey – me señaló con el dedo índice y guiñó un ojo, un gesto de ¿complicidad? ¿Con quién? ¿Conmigo?... nunca había estado más lejos de mi padre en todos los sentidos.
                Me controlé para no pasar la mano por el escritorio y hacer un barrido general tirándolo todo al suelo. Pero no sería justo para mi Rosita. Si me portaba bien no era porque le temiera, sino porque necesitaba recuperarme de las heridas recientes. Nada más.

viernes, 11 de marzo de 2011

Tentación (Sandra Brown)


ARGUMENTO: Lilah Mason ha visto cómo su hermana se enamoraba, se casaba y tenía hijos, mientras ella se preocupaba por canalizar toda su energía hacia su propia carrera profesional. Fisioterapeuta de ánimo invencible y gran compasión, Lilah es una de las mejores profesionales en su campo. Sin embargo, cuando se ve obligada a afrontar un nuevo y complicado caso, se da cuenta de que no sólo ha conseguido cambiar la vida de su paciente, sino que éste ha cambiado también la suya.
Nunca había tenido un paciente más duro de pelar que Adam, lo que supone para ella un desafío a cada paso que da. Sin embargo, Lilah está decidida a ayudarle a recuperar el tiempo perdido. Pero no se da cuenta (hasta que ya es demasiado tarde) de que, mientras ayuda a ganar la batalla a Adam, él está ganando su corazón... Adam le hace cuestionarse sus ideas preconcebidas sobre los hombres, sobre el amor y, en especial, sobre sí misma. Como ahora su labor profesional está entrando en conflicto con sus deseos pasionales, Lilah se ve obligada a plantearse la manera adecuada de reconducir estos dos ámbitos de su vida.

OPINION: A mí me ha encantado. ES un tema que siempre me ha atraído (esto del chico postrado en una cama e indefenso) aunque este libro cayó en mis manos por casualidad. Lilah es una chica un tanto alocada que viste desenfadadamente y tiene unas ideas muy liberadas del amor y el sexo. Se ve que se ha dedicado a su profesión en cuerpo y alma, quedando relegado a un segundo plano el tema de formar una familia o encontrar una pareja estable.
Elizabeth es la hermana de Lilah (por lo que se ve, la autora ya escribió sobre la historia de ésta cuando conoce a su actual esposo). Tiene una relación profesional con Adam Cavanaugh, aparte de ser éste ya casi parte de la familia.
Adam ha sufrido un grave accidente escalando una montaña y quedado postrado en la cama. Según el médico, tiene posibilidades de recuperarse si no tarda en recibir una buena terapia.
Elizabeth le ruega a su hermana que por favor se haga cargo de este paciente y Lilah se niega en redondo, puesto que ya conoce a Adam y cada vez que se han encontrado han terminado mal. Lilah dice aborrecerlo, detestarlo y despreciarlo, y que lo mismo sucede al contrario.
Finalmente se deja convencer por la elevada suma de dinero que recibirá a cambio, porque tendrá que viajar al paraíso hawaiano y porque le han garantizado que tendrá control total sobre la terapia (es decir, sin nadie cuestionando sus métodos). Ella sabe que se ha de mostrar zalamera y agradable, mientras que él podrá permitirse ser un perfecto cabrón y salirse con la suya.
Adam tampoco quiere saber nada de ella (en realidad de ningún fisioterapeuta), pues prefiere seguir nadando en su miseria y lamentarse de su estado.
Habrá tensión sexual, Adam comienza a tener el comportamiento típico (según Lilah y su experiencia) en un hombre sano que ha sufrido este tipo de accidente, convirtiéndose en un sexista abusivo solo para demostrarse a sí mismo que sigue siendo un hombre.
Los comentarios obscenos y las proposiciones insolentes (usados por Adam para dar rienda suelta a su frustración) empiezan a hacer mella en ella.
La terapia es muy dura y hay momentos en que él quiere abandonar, pero Lilah no se lo va a permitir.
Hablando de los personajes, tanto Adam como Lilah son un encanto, cada uno dentro de su papel. Y no tiene desperdicio el empleado asiático de Adam en la isla, Pete. Porque Elizabeth y su esposo aparecen un poco empalagosos.
El final es bastante previsible, lo normal en una historia romántica, y pese a no ser una historia muy original, yo he disfrutado bastante. La pena es que al final, casi que te hacen falta unas cuantas páginas más para aclimatarte a la idea de que estás a punto de ponerle el broche final. Porque ves que se va acercando el final y que tan solo te quedan doce paginas para terminar, por ello, la autora podría haber empleado un poco más de energía en rematarlo como Dios manda, y no de forma tan apresurada.

CLASIFICACION: Yo le pondría un 9, (no lo redondeo al 10 por eso de que me hacían falta un par de páginas más para sentirme más satisfecha)

La boda (Julie Garwood)


--Connor todavía es un chiquillo cuando jura a su padre moribundo que no descansará hasta vengar su muerte. Con tal legado encima, lo más normal es que cuando pasa el tiempo se haya transformado en un hombre resentido. Pero también es un fiero guerrero, sigue con la labor que le encomendó su padre, acompañado de sus fieles amigos y servidores.
--Secuestra a Brenna que ha sido prometida en matrimonio a MacNare, archienemigo de Connor MacAllister. Pero resulta que esta mujer fue la que de pequeña le pidió en matrimonio tres veces. Ahora tiene la excusa perfecta para desobedecer las órdenes de su hermano y jefe de clan Alec Kincaid.

--Lo que más me gusta es que Connor suele estar rodeado de cinco de sus más leales hombres que además son sus amigos y entre todos forman una piña. Me encanta la trampa que le tienden a Brenna para que pida en matrimonio a Connor.
--Brenna es una mujer que me cae bien desde el principio, porque es bastante independiente pero muy despistada, va dejando sus cosas por ahí y luego no lo recuerda, lo mismo que toma lo que no le pertenece sin darse cuenta.
--Connor tiene que armarse de paciencia para soportarla y aunque insiste en dejarle claro a Brenna lo que debe hacer y cómo ha de comportarse, al final siempre acaba cediendo a los manejos de ella, pero sin darse cuenta de que ya ha caído en las redes de esta mujer.
--Una de las cosas que más me gusta es la relación que tiene él con sus hombres. Le respetan como a un jefe pero le tratan como a un amigo, de hecho, sus dos comandantes son los chicos a los que salvó de la muerte cuando era pequeño. Sobre todo estos dos: Crispín y Quilan, le brindan el apoyo y la amistad de unos hermanos, de hecho son los únicos con el valor suficiente para contrariarlo y reír a su costa (aparte de Brenna).
--Sin embargo, como en toda historia que se precie, hay un malo malísimo, que en esta ocasión, está en complot con otros, lo que hace que durante todo el relato no dejemos de preguntarnos por su identidad.
--Mención aparte es la madrastra de Connor, que es para echarle de comer aparte. Es una mujer entrometida y quisquillosa, que con buenas palabras llega para fastidiarle la vida a Brenna. Y si con ella no tenemos suficiente, aparece en escena Raen, el hermanastro de Connor y que llegará también para complicar un poco más la ya poco plácida existencia de lady Brenna.
--Lo que no me gusta es la costumbre de los hombres de esta época de decir "eres mía" o "me perteneces"

¿Puntuación?... le doy un 8. He disfrutado enormemente.

Guerrero de Leyenda (Karyn Monk)

El clan MacKendrick no sabe de luchas ni de armas. Lleva siglos cultivando las bellas artes y la artesanía, sin preocuparse de fortificaciones ni de protección. Pero ahora que su jefe ha muerto asesinado por el temible Roderic, sólo les queda una esperanza: el Lobo Negro. Ariella MacKendrick, como jefa de su clan, sabe que es la encargada de proteger a los suyos y también sabe que sólo podrá hacerlo desposándose con un jefe valeroso que consiga el respeto de su gente. ¿Será de verdad el Lobo Negro su última esperanza? Ya solicitaron su ayuda una vez y sólo obtuvieron el silencio como respuesta. Pero en esta ocasión está dispuesta a hacer cualquier cosa para lograr su ayuda, aunque para ello deba olvidar el orgullo y arriesgar su corazón.

EL LOBO NEGRO
Hubo un tiempo en que Malcolm MacFane era conocido como el Lobo Negro, un jefe admirado y temido, respetado por su clan y por los clanes vecinos. Pero de aquel legendario guerrero sólo queda un cuerpo herido y un espíritu atormentado. Malcolm lo perdió todo y se sabe responsable. Por eso no puede soportar la sola idea de que alguien le recuerde como el valeroso guerrero que fue, como el mítico Lobo Negro capaz de arriesgar su vida por las causas más justas. Y mucho menos si quien se lo recuerda es un impertinente mozalbete con rasgos y formas demasiado parecidos a los de una mujer...

LA BELLA ARIELLA
Bajo su disfraz de hombre, Ariella observa el deterioro del Lobo Negro, un hombre con el cuerpo maltrecho y la mirada cargada de odio y dolor. ¿Cómo es posible que fuese él el escogido por su padre para desposarla y heredar el título de jefe de su clan? Quizás si pudiese acercarse un poco más, descubriría alguna cualidad oculta. Pero el Lobo Negro no debe nunca descubrir que es ella, Ariella MacKendrick, quien ha recorrido el país para solicitar su ayuda. A pesar de que una extraña fuerza parece, inevitablemente, acercarle a él.

La historia comienza con la agonía y la muerte del jefe del clan MacKendrick a manos de un hombre despiadado que tiempo atrás habían acogido en el castillo. Este solo busca una espada mágica, que se supone que pasa de jefe en jefe y le otorga poderes para la lucha y que todo el clan deba rendir sumisión al que la porte.

La heredera del clan acude en busca de un legendario guerrero al que llaman el Lobo Negro, que se supone que iba a desposarla y también a heredar la maravillosa espada. Cuando tuvieron problemas lo enviaron a llamar pero nunca llegó para ocuparse de la defensa del castillo. Cuando la heredera, Ariella, llega a la aldea donde éste vive, descubre que es una sombra de lo que las leyendas cuentan de él. Es un hombre tullido y dado a la bebida para mitigar el dolor que siente por las cicatrices que porta después de su última batalla. Ariella se entera entonces que el Lobo Negro ya no lidera ningún clan, y que fue expulsado del suyo y obligado a dejar de usar el apellido de su padre, debido a que es el responsable de una matanza que tuvo lugar en el clan que lideraba.
Ariella (que se ha hecho pasar por un muchacho, desgreñado y sucio) y dos de los más fieles hombres del clan MacKendrick logran convencer al Lobo Negro y a su leal amigo Gavin a que acudan a su castillo a cambio de una buena remuneración.

El caso es que llega al castillo de los MacKendrick y allí es recibido con muchos honores pero sin apenas entusiasmo al ver a un hombre maltrecho que no es como imaginaban y que además viene sin el ejército que todos esperan.

Pero poco a poco se va ganando el respeto de la gente del clan, cuando empieza a adiestrarlos para que sepan defenderse. Estos comienzan a tomarle cariño, así como la propia Ariella, que también va sintiendo algo especial por él.

Hasta aquí puedo contar para no desvelar algunas incógnitas que hacen que ciertas partes queden aclaradas.
¿Qué me ha gustado más de la historia?... Pues la historia en sí misma, la aventura, el toque de humor y muchos highlanders con sus tartanes que me vuelven loca.

En serio, tiene unos personajes secundarios de lo más especial. Por un lado está Gavin, que enseñó a Malcolm todo lo que sabe sobre la lucha. Él se ha convertido en su mejor amigo. Andrew y Duncan, que acompañan a Ariella cuando va a buscar al Lobo Negro. Niall que está enamorado de ella y que parece que va a crear problemas, y cuyas continuas críticas son evidentes. Y por último los dos ancianos, Dugald y Angus, que ponen ese punto de humor y que son incondicionales de Malcolm desde el principio.

Me gusta la relación de Malcolm con Ariella, y la conexión inmediata que tiene con ella cuando aún piensa que es un muchacho. Me gusta la forma en la que él actúa, no es como en las novelas románticas, como estamos acostumbradas. Es un hombre lisiado que es consciente de sus limitaciones y al que le supone un gran esfuerzo levantarse por la mañana.

Lo que empieza siendo una especie de empleo, se va transformando en una de las razones por las que se levanta por las mañanas y por las que acude al alcohol cada vez menos, aunque de este modo no consiga aliviar y mantener a raya sus múltiples dolencias.

En definitiva, es una de las pocas historias donde el hombre no está continuamente caliente y, como describen las autoras, inflamado de deseo. Hay mucha ternura, mucho amor, y escenas amorosas las justas y muy justificadas. Por eso me ha encantado y me he enamorado hasta el punto de poner esta autora entre mis favoritas. Historia digna de hacer una miniserie.

Puntuación: 10

Fanfic Quimica Perfecta

Alex                                                                                                                                                                                 
                Empiezo a ser consciente de que no estoy muerto cuando entreabro los ojos y una enfermera me habla.
                - Ah, que bien que hayas despertado – intento hablar pero tengo un tubo en la garganta. La enfermera me coge de la mano. – Estás en el hospital, en cuidados intensivos. Te estás recuperando de una operación. Pronto te llevarán a una habitación, mientras tanto, si necesitas algo llámame – y guía mi mano hasta el mandito para que pueda llamar.
                Cierro los ojos de nuevo, tan solo un segundo y me dejo llevar por el cansancio y el sueño. Me alegro de haber sobrevivido. En algún momento lo he dudado, porque casi al final, después de que me marcaran con el hierro al rojo vivo, pensé que era el final.

                Vuelvo a abrir los ojos pero apenas lo logro, sin embargo solo vislumbro una silueta borrosa que se mueve de un lado a otro de la habitación. ¿La habitación? Por fin me han sacado de la unidad de cuidados intensivos.
                - ¿Quién está ahí? – pregunto suspicaz.
                - Soy yo, Tatiana – responde una voz juvenil.
                - ¿Tatiana?
                - Si quieres, puedes llamarme Tatia, todo el mundo me dice así.
                - Hola Tatia ¿Eres enfermera?
                - No, yo solo vengo unas horas todos los días. Llevo revistas, cómics, periódicos o lo que prefieras.
                - Supongo que ahora mismo no puedo leer nada, casi no te veo cuando te alejas. Acércate.
                - Yo puedo leerte algo si quieres… por ejemplo… un cómic, soy bastante buena poniendo voces distintas.
                - ¿Me vas a leer un cuento como si fuese un bebé?
                - Hazte a la idea de que ahora mismo eres como un bebé.
                Tatia se acerca a la cama y queda tan cerca que puedo oler el aroma a limón que desprende. Me coge la mano izquierda.
                - ¿Cómo te  has hecho esto? – pregunta a la vez que roza la piel de mi muñeca. Resoplo imperceptiblemente. – Oh, lo siento. A veces hago las cosas sin pensar.
                Aún así sigue con mi mano cogida, y yo se la aprieto un poco agradeciendo el contacto, el gesto que tiene conmigo.
                - Soy un pandillero.
                - ¿Cómo dices?
                - Preguntabas cómo me he hecho las rozaduras de las manos. Soy un pandillero, me han dado una paliza… me ataron las manos.

Tatiana                                                                                                                                                                           
                Alex se ha quedado dormido mientras le leo las aventuras de Tintín. Debe estar bastante dolorido pues tiene golpes y cortes por todo el cuerpo. Mi madre me ha estado hablando de él, ya que le ha atendido mientras estaba en cuidados intensivos. Ella es enfermera allí y los pacientes están encantados de tenerla, al menos los conscientes.
                Dijo que tenía a un chico que había sido apaleado, le han grabado a fuego unas letras en la espalda, LB, son las iniciales de los Latino Blood.
                Ahora mismo le miro y un escalofrío me recorre la columna, ha debido ser una paliza brutal. Sé que tiene un par de costillas rotas, los ojos hinchados por los golpes recibidos y los labios reventados. Milagrosamente la nariz ha resultado intacta, pero cuando se recupere lucirá cicatrices por todas partes.
                Diversas cuchilladas de escasa profundidad adornan su espalda y su torso. Los doctores le han operado para salvarle el bazo.  Lo que más me duele es verle las muñecas amoratadas y llenas de abrasiones. Debe ser horrible no poder defenderse.
                Estoy un rato más con él y me aseguro de que sigue dormido. Es hora de volver a la rutina y visitar a mis otros pacientes: ancianos con necesidad de un rato de compañía. Somos varios en el grupo pero yo ya me he tengo pedido a Alex Fuentes.

                Claro que conozco a Alejandro. Sé que le gusta que le llamen Alex, y que hace poco estaba “saliendo” con Brittany Ellis, ambos son del último curso. Hace unos meses que murió en un tiroteo un buen amigo de Alex, creo que se llamaba Paco. Luego no sé qué pasó, Alex dejó de ir a clase. Se rumoreaba que había sido herido en el mismo tiroteo, pero nadie tenía las ideas claras.
                El caso es que no lo he vuelto a ver hasta hoy, aunque mi madre me había hablado de él. Dice que parece un buen chico, pero que ella no es buena juzgando ya que cuando la gente llega a sus dominios, son “dóciles como corderitos”.
                De todos modos me alegro de que ella no tenga que lidiar con la fauna salvaje del servicio de urgencias. Ni yo me acerco por allí.

Alex                                                                                                                                                                                 
                Abro los ojos, no sé si han pasado minutos, horas o días. Entra algo de luz por las persianas entornadas de la ventana, debe ser de día. Deduzco que ha transcurrido al menos un día ya  que mi visión es algo mejor, tampoco mucho, pero al menos distingo algo más alrededor.
                Debería llamar a mi madre y decirle que estoy bien, que estoy fuera de la banda y he sobrevivido. Pero entonces vendría aquí rápidamente. La echo muchísimo de menos, y a mis hermanos también. Me gustaría tenerles conmigo, pero están mejor en México. Al menos durante un tiempo, todos estarán alejados de los problemas. Me consta que Carlos me va a dar quebraderos de cabeza, es un chico cabezota e independiente, debería aprender de mis errores, sin embargo, aprenderá de los suyos, aunque me duela verlo equivocarse.
                Unos golpes acompasados en la puerta me hacen olvidar lo que estoy pensando.
                - Buenos días – dice una voz cantarina.
                - Tatia – respondo al reconocerla.
                - ¿Puedo pasar?
                - Por supuesto. Disculpa que no me levante… - bromeo con ella, la oigo reír.
                - No es necesario, caballero.
                Se sienta a mi lado, como la otra vez y vuelve a tomar mi mano.
                - ¿Qué tal te encuentras hoy?
                Lo pienso un instante, me duele hasta respirar, hace un momento he conseguido levantar la mano y llevármela hasta los ojos. Me siento el rostro súper hinchado, he descubierto que aún no soy capaz más que de entornar los ojos. Ahora distingo un color, moreno, bueno, tal vez castaño oscuro, de momento no puedo saber la tonalidad. Me doy por satisfecho por medio vislumbrar un rostro.
                - ¿No llevas cofia?
                - Tú has visto demasiada televisión. Hoy día nadie lleva cofia, a no ser en las películas porno.
                Mm, descubro que estoy vivo después de todo, y que no fui golpeado de cintura para abajo, puesto que el pene me da un tirón. Presiento que va a llamar la atención, así que doblo una pierna para disimularlo.
                - No menciones esas cosas chica, que puedo dar un espectáculo aquí mismo.
                - Cierto, deberías tener cuidado porque llevas una sonda.
                Vaya, ya lo había notado. La recuerdo de cuando me pegaron el tiro en el hombro. Es un artefacto endemoniado que disminuye la hombría. Me siento medio yo. Pero Tatia tiene bastante desparpajo, es como si en lugar de bregar en un hospital lo hiciera en una taberna. Es deslenguada.
                - ¿Y recibes un sueldo por estar aquí?
                Tatia se ríe, y me gustaría verle el rostro con claridad para así adivinar por su expresión lo que sin duda tendrá que contar con palabras.
                - Es uno de los mejores chistes que he oído en años – hace una pausa y dos o tres respiraciones completas antes de volver a hablar, para que se le pase la risa. – Mi madre me obligó a ello. Sí, es cierto que es bueno para el curriculum escolar, pero yo no lo elegí.
                Me pregunto qué tipo de castigo es éste. Me pregunto qué habrá hecho para que su madre la haya castigado con venir aquí.
                - Mi madre dice que soy antisocial.
                Esta vez el que se ríe soy yo, y francamente, es una tortura porque las costillas me están matando.
                - Pero si eres un encanto.
                Ella se ríe, se ve que con este dialogo no vamos a llegar muy lejos.
                - No soy un encanto. Te lo puedo asegurar. Te lo explicaré porque aún no lo puedes ver por ti mismo – se detiene un instante y continúa. – Realmente soy una antisocial, pero en el sentido de que no voy por ahí mostrando mis encantos y poniéndole buena cara a todo el mundo. Suelo vestir casi siempre de oscuro o de negro, llevo un piercing en el labio inferior, es un arete de titanio. – Toma uno de mis dedos y lo lleva hasta el pendiente, lo toco y noto la calidez de su aliento. – No me he teñido el pelo de negro, pues mi color es oscuro. Tengo unos ojos de gato en color verde, a la gente le da repelús mirarme a la cara.
                Trato de imaginármela pero no puedo, ¿ojos de gato?
                - La gente dice que soy gótica, siniestra, fúnebre o… friki. Tal vez me hayas visto alguna vez, voy a tu mismo instituto.
                - ¿A Fairfield? – pregunto sorprendido, este último curso no he prestado atención a nadie que no sea Brittany. Pero yo siempre me he fijado en todas las chicas. – Entonces tú si me conoces a mí.
                - Eres el sueño de cualquier chica. Muchas criticaron pero matarían por un poquito de lo que Brittany y tú compartisteis.
                No quiero pensar en Britt, todavía me duele recordar nuestra historia que no fue. Me he propuesto salir de todo esto y conseguir graduarme, tengo que conseguir entrar en la universidad.
                - Aún no me has dicho por qué estás aquí.
                - Bueno, mi madre piensa que así mejoraré mis modales, seré más sociable y me preocuparé por la gente que me rodea.
                - Yo creo que lo estás consiguiendo.
                - Yo también lo creo así, pero dice mi madre que tampoco debo vanagloriarme de mis logros, solo sentirme bien por lo que hago.
                - ¿Tu madre es muy religiosa? – tal vez es chicana como yo, prestamos mucha atención a Dios.
                - Mi madre es la enfermera Taylor.
                Medito un instante ese nombre, va asociado a relax y bienestar, a algo maternal.
                - Fue tu enfermera en cuidados intensivos.
                Por fin la ubico, cierto, me hizo sentir bien ¿o fue la morfina? Lo cierto es que lo poquito que estuve consciente ella estuvo muy cerca ocupándose de mí.
                - Entonces por eso estás aquí, tu madre así puede controlarte.
                - No, era elegir entre esto y el asilo. Al menos aquí hay variedad de edades… aquí estás tú.
                La chica dispara con lanzagranadas, hila bastante fino.
                - ¿Eso es una insinuación? – no puedo evitar preguntar, será antisocial pero no teme decir lo que piensa, carece de filtros.
                - ¿Ves? Por eso también estoy aquí, para aprender a pensar con calma antes de hablar. Mi padre dice que no todo lo que pasa por mi cabeza puede o debe ser escupido por mi boca.
                - No es aconsejable, Tatia – aunque soy el menos indicado para aconsejar. A veces me ha costado un gran esfuerzo morderme la lengua para no decir algo indebido. En el caso de los Latino Blood la frase “por la boca muere el pez” se aplica al pie de la letra.
                - En mi defensa debo decir que la mayoría de las veces guardo silencio. Es decir, por eso soy antisocial para el resto del planeta. Suelo ser callada, pero cuando hablo… la cago.
                Esta chica me hace reír y eso no es bueno para mis heridas. Nuestras risas se cortan de repente cuando  oímos que llaman a la puerta. Trato de reconocer a la persona que acaba de llegar pero mi vista no da para mucho, no es hasta que habla que reconozco a mi primo Enrique.
                - Siento haber tardado en venir a verte.
                - No importa, pasa y siéntate.
                Tatia me suelta la mano y se levanta.
                - Bueno, ya me pasaré en otro momento por si quieres que te lea algo.
                - Cuando quieras – le digo y la oigo marcharse, esta vez es Enrique quien se sienta a mi lado. Por suerte no me coge la mano como hace Tatiana.
                - Alex ¿Quién es la chavala?
                - Nadie que te interese.
                No me apetece contarle a mi primo nada sobre Tatia, él no comprendería que ella parece ser mi tabla de salvación. Hace que no me vuelva loco aquí como un animal salvaje enjaulado.
                - Y bien, primo… ¿cómo te estás?
                - Bastante jodido – le digo. Él participó en la paliza, no tenía más remedio si no quería señalarse ante los demás. Él no tiene huevos para salir de la banda, si lo hiciera perdería el taller y todo lo que ha conseguido.
                Enrique me tiene que contar que tal están las cosas por el barrio, porque creo que no voy a volver por allí.

Tatiana                                                                                                                                                                           
                El chico que ha entrado a visitar a Alex es un pandillero, lleva una bandana negra y roja en la cabeza, y tiene la piel morena de los chicanos, al igual que Alex.
                Me he sentido bastante avergonzada en compañía de ambos chicos. Esa es también una de las razones de mi actitud, soy tímida con los chicos en general, pero por muy bocazas que sea, no estoy dispuesta a confesárselo a Alex.

                En una hora debo irme a casa pero esperaré un poco más para pasar de nuevo a verle. Mañana es lunes, de nuevo, y no podré venir hasta por la tarde. Me parece que voy a echarle de menos mientras esté fuera de aquí.
                Voy a ver a mi madre al área de cuidados intensivos. Solo se escucha el rumor de los aparatos conectados a los pacientes, puede ser un lugar deprimente, pero mi madre y el resto del personal de esta unidad hacen que el ambiente sea agradable y que los que están conscientes se sientan bien cuidados y a gusto.
                - Deberías estar ya en casa – me regaña, no sé cómo se las apaña, pero siempre hay un motivo para regañarme.
                - Este chico, Alex Fuentes… he prometido pasar a verle más tarde.
                - Alex, ¿Cómo se encuentra?
                - Parece que va mejorando, ahora tiene una visita.
                - No hace falta que te diga que tengas cuidado, no sabes nada de ese chico.
                No sé nada más que lo que él me ha contado y lo que se ha hablado en el instituto. Lleva diversos tatuajes en los brazos, torso y espalda. En el antebrazo izquierdo lleva luce el símbolo de los Latino Blood… también lleva muchas cicatrices antiguas y algunas no tanto. Lleva una especialmente llamativa en el hombro, no sé porqué lo sé, pero estoy segura que es de una herida de bala, así que es cierto lo que dicen, aquel día que murió su amigo Paco, él también recibió un disparo.
                Miro el reloj, creo que ya se habrá quedado solo, puedo pasarme a verle antes de ir a casa.

Alex                                                                                                                                                                                 
                Nadie va a hablar de mí, ningún miembro de la banda se dignará a dirigirme la palabra. Aunque me haya ganado la libertad, Chuy quiere hacerles ver que es una deserción, él lo seguirá llamando TRAICIÓN. No les interesa quedarse sin gente en sus filas, porque una vez que entras te das cuenta de que las cosas no son lo que parecen. LEALTAD Y COMPROMISO. La protección supone un precio que cuesta pagar.
                Huelo el aroma cítrico antes de oír su voz. Es un buen cambio teniendo en cuenta que me rodea un nauseabundo olor a medicamentos y desinfectante.
                - ¿Se puede pasar? – pero entra aunque no le dé permiso, se sienta junto a la cama y oigo que acerca la mesa. – Me he tomado la libertad de traerte el almuerzo, supongo que necesitarás ayuda para acercarte la comida a la boca.
                Le da al mandito y eleva la cabecera de la cama hasta que quedo en una posición más cómoda para comer.
                - ¿Vas a ser mi ayudante personal? En ese caso, tal vez deberías ir más ligera de ropa y… llevar cofia.
                No sé si se sonroja, porque soy incapaz de ver incluso la punta de mi nariz. No puedo evitar comportarme como un canalla y pienso que me he pasado ya que ella no me dice nada.
                - ¿Tatia?
                - Dime – responde ella mientras pone una servilleta desechable sobre mi pecho.
                - Perdona si te he molestado.
                - No me ha molestado – la oigo trastear con la comida. – Lo que me pregunto es para qué quieres que vaya ligera de ropa si tú no me puedes ver.
                Daría cualquier cosa por verle la cara, me doy cuenta de que es una mierda tener la visión limitada. El doctor que me visitó ayer dijo que pronto mi vista estaría mejor, pero que cuando llegué habían estado preocupados por mis ojos. Después de todo he tenido suerte en varios aspectos, también me he salvado por un pelo de que me extirparan el bazo. No sé qué ocurre cuando uno no tiene bazo, en realidad no sé para qué sirve.
                - Abre la boca – me dice Tatia, me hundo más en la almohada, desconfiado ante un bocado de algo que no puedo ver.
                - ¿Qué es?
                - Sopa, de pescado y muy rica – responde con paciencia.
                Claro, huele a sopa de pescado, pero tenía que asegurarme antes de abrir la boca. Está delicioso y me entra al estómago de forma suave, mis tripas me lo agradecen. En silencio me da de comer la sopa y un poco de fruta troceada.
                - Eres una gran enfermera.
                - Ah, y sin cofia ni ropa corta. ¿A que es genial?
                - Tienes que prometerme que cuando tenga la vista bien, vendrás un día vestida como una enfermera de película porno. –Le comento y sé que se ha ruborizado y puesto nerviosa, porque la mano le ha temblado mientras me limpia la boca.
                - No voy a ponerme eso. Mi madre me mataría si llegara a enterarse. – Ahora titubea.               – De todos modos no sabes cómo soy, y desde ya te digo que no soy guapa.
                - No creo que seas fea. – Le aseguro, pero ya un poco mosqueado. Por más vueltas que doy no logro recordar a una chica con las características que ella me ha descrito. - ¿Qué edad tienes?
                - Eso no se le pregunta a una señorita… pero te responderé de todos modos. Tengo diecisiete años, estoy en un curso inferior al tuyo.
                Bien, tampoco me había centrado exclusivamente en mi curso para la búsqueda, sigo sin encontrar a ninguna chica que concuerde con su descripción. Levanto la mano izquierda e intento cogerla del brazo. La acerco más a mí.
                - Deja que te toque la cara.
                No sé cómo lo hacen los ciegos, pero debo intentarlo, ¿qué mejor ocasión que ésta? Se sienta en la cama y pone mis manos en su rostro, a la altura de las mejillas. Como un escultor repasa su obra, yo deslizo mis manos por su piel, ávido de reconocimiento e interés. Una nariz pequeña, un hoyuelo en la barbilla, unos labios algo carnosos… lleva el cabello corto, por encima de los hombros, y es ligeramente ondulado, sedoso, huele a cítrico, como ella.
                Tiene las orejas pequeñas y luce unos pendientes de aro no muy grandes. Vuelvo al labio inferior, cerca de la comisura izquierda lleva el arete pequeño, ya lo había tocado antes y estoy deseando verlo con claridad. Ahora mismo, por más que lo intento, no logro vislumbrar nada más que una mancha borrosa. ¿Cuándo lograré estar al cien por cien?
                - ¿Estás satisfecho? – me interroga sin moverse de entre mis manos. Estoy cachondo, vuelvo a camuflar mi erección, ya me siento bastante vulnerable tal y como estoy.
                - No me acuerdo de ti, lo siento.
                - No importa – se va a retirar de mi lado pero la retengo, aún en mi estado soy más fuerte que ella. – Suelo pasar desapercibida.
                - ¿A ti te gusta pasar desapercibida?
                - Me da igual. Lo prefiero.
                - No, no te da igual – le discuto al instante. ¿Qué chica prefiere ser invisible? A no ser que sea realmente fea, pero en ese caso también la recordaría. Suelo fijarme bastante en la gente, es un defecto adquirido que siempre me acompañará. Desde que asesinaron a mi padre, presto atención a todos los que me rodean, y he sobrevivido todos estos años gracias a mi manía de fijarme en todos y en todo.
                - Bueno, no me da igual. Pero es lo que hay. – Noto algo de rabia y desdén en su voz, está resentida. Después de todo puede que sí sea fea y se escabulla por los pasillos para no ser visible. Yo también sé como pasar desapercibido cuando me interesa. Pienso que no es el momento de entrar en detalles, en cuestión de días yo mismo descubriré qué aspecto tiene, pero la intriga me está matando mientras tanto.
                - ¿Necesitas algo más?
                - Sí, un baño con esponja. – No puedo evitarlo y también me convierto en un bocazas. Tatiana saca lo más gamberro de mí.
                - ¿Si? Se lo diré a la enfermera Metanova, es una mujer recia y con un bigote de morsa que le cubre los dos labios. Sus dedos son como salchichas alemanas y con la palma de una mano puede abofetear tres mejillas a la vez.
                Me da un ataque de risa y cuando empieza a dolerme todas las heridas suelto toda una suerte de improperios y maldiciones que avergonzarían hasta a mi amigo Paco. A veces se me olvida que Paco ya no está, le extraño muchísimo, siempre fue la voz de la conciencia y la lógica, cuando fallaba la que yo traía de serie al nacer. Tengo ganas de llorar al recordar a mi mejor amigo, pero reprimo las lágrimas hasta el momento en que me quede solo.
                Él no debió acudir en mi lugar a la cita, no tuvo la menor oportunidad de defenderse. Cambió su vida por la mía. No habrá modo de estar en paz con él jamás.
                He dejado de reír hace un rato y Tatiana sigue en silencio sentada en la cama junto a mí. Le acaricio las manos que están entre las mías.
                - ¿Viejos fantasmas? – me pregunta sin querer profundizar en mi silencio.
                - Soy un hombre acosado por el pasado.- Me rio sin humor, no sé si ella me entiende pero no me importa, estas palabras son más una reflexión para mi propia utilidad. – Pero también hay buenos recuerdos.
                Voy a sacudir la cabeza para alejar las penas pero me lo pienso mejor, tampoco es plan marearme ahora mismo. Prefiero cambiar de tema a ver si así consigo el mismo resultado.
                - ¿Llevas tatuajes? – quiero saber más de ella, para ir montando las piezas del puzle. Ojalá no lleve tatuajes, no me gusta que la gente se marque sin razón, solo por moda.
                - Hace un tiempo me hacía mis propios tatuajes con henna, pero ya no. ¿Sabes? Dibujo bastante bien.
                Intento rescatar de la memoria una imagen, alguien inclinado sobre un bloc de dibujo, el cabello cubriendo su cara. Una figura vestida de oscuro, con una chaqueta de cuero, un pantalón vaquero negro y un cinturón de tachuelas dando dos vueltas sobre una cintura estrecha y unas caderas generosas. No es una chica raquítica de las que parecen anoréxicas, es una figura armoniosa, voluptuosa, la clase de silueta que no vende en moda pero que a los hombres nos vuelve locos.
                - Creo que ya sé quién eres.
                La oigo suspirar.
                - Entonces se ha terminado el juego – responde con voz queda.
                ¿De qué juego está hablando?
                - ¿Qué juego? – pregunto molesto, ella se levanta y trato de alcanzarla pero se me escapa de entre los dedos como el agua clara.
                - Tal vez he elegido mal las palabras. Quiero decir que ya no supongo ningún misterio para ti.
                Suspiro aliviado, por un momento he pensado que realmente estaba jugando conmigo pero a un nivel más cruel, y en el estado tan vulnerable en el que me encuentro, no puedo permitirme correr riesgos.
                - ¿Me responderás a una pregunta? – ella no lo ha notado pero me he tomado el tema en serio. No permitiré que me mientan.
                - ¿Has sido sincera conmigo en todo momento?
                Ella guarda silencio y yo pensaría que se ha ido de no ser porque aún la huelo cerca y creo percibir su silueta recortada contra la claridad de la ventana.
                - Alex, puedo ser una persona retraída, antisocial, friki, pero no miento por deporte. Tampoco me gusta que me mientan. Trato de ser coherente. – Se queda callada un instante, voy a hablar pero ella prosigue - … exceptuando las mentiras piadosas.
                - ¿Y las mentiras piadosas son…? – con esta chica es imposible aburrirse o pensar en otras cosas, te absorbe todos tus pensamientos. Sería un elemento idóneo como captora de ilusos para sectas. No te deja pensar, siempre estás a ver qué dice.
                - Las mentiras piadosas son las que les suelto a algunos pacientes: “No se preocupe, pronto estará bien”… o… “esto es solo una mala racha” – interpreta haciendo distintas voces. – Un enfermo lo que menos necesita es que lo desanimen. Aunque sea un enfermo terminal… mi deber es darle ánimos. Si no lo hago así me volvería loca.
                La entiendo y la disculpo. Para no ser remunerado es un trabajo demasiado duro para una chica de diecisiete años.
                - ¿A mí me has dicho alguna mentira piadosa? – tiento a la suerte. No creo que me vaya a morir a consecuencias de mis heridas, tampoco recuerdo que Tatiana me haya dicho alguna frase parecida a las que ha recitado hace un instante.
                - Te puedo decir una ahora, si quieres.
                Me lo pienso, ¿realmente estoy preparado para esto? No es más que una especie de juego pero me siento bastante susceptible.
                - Adelante – la animo armándome de valor.
                - Veamos… – se lo piensa un instante. – No me pareces nada sexy con todas esas contusiones en el cuerpo y la cara.
                Y me paro a analizar sus palabras. Si es una mentira piadosa se supone que debo entenderlo al revés. Una enorme sonrisa tira de las comisuras de mis labios, sus dedos rozan mi boca un instante.
                - He de irme, es tarde.
                No quiero que se vaya, ahora no. Todavía no después de lo que me ha dicho. Quiero retenerla pero no me salen las palabras, sin embargo debo dejarla ir.
                - Hasta mañana. Vendré por la tarde,  hay clase.

                Dejo de oler su aroma y sé que me he quedado solo. Ahora que estoy consciente se me hace inmensamente aburrido el día. Aun recuerdo algunos retazos de cuando he estado en cuidados intensivos. Allí desperté en varias ocasiones y estuve algunos minutos despierto intentando centrarme en mis pensamientos dispersos. Ahora solo me queda todo el día para pensar en Tatiana, en la chica que quiere ser invisible.
                Ahora dispongo de tiempo para especular, porque cuando está ella me absorbe todos los pensamientos lógicos y razonables. Ya recuerdo a esta chica con casi todo detalle, la he visto un millón de veces en la escuela, en ocasiones acompañada de alguna gente, en ocasiones sola. Porque más que amar la soledad, lo que entiendo es que se ha acostumbrado a ella. Y cuando está acompañada, lo está de gente distinta a los demás, inadaptados… jajaja, algo así como  yo. Nos parecemos bastante, por eso creo que me atrae. Quizás si no hubiera hablado con ella no me atraería como lo hace, pero confieso que si no estuviese en esta situación jamás en la vida habríamos mantenido ningún tipo de conversación.
                Ella está insegura, se piensa que cuando la vea bien ya no querré hablar con ella, pero se equivoca, ya la conozco y sé como es. Es una persona sensible pero que se hace la dura, es sincera y cariñosa… eso es lo que yo he conocido de ella y lo que me atrae… porque aunque la recuerdo de verla pasar por los pasillos y de verla sentada con su bloc de dibujo, lo cierto es que no acabo de centrarme en su rostro, solo en su cuerpo.

Tatiana                                                                                                                                                                           
                Me duele dejarle solo, soy una tonta pero creo que me he enamorado, aunque sea un enamoramiento-atolondramiento-deslumbramiento. Sí, eso ha sido, me he deslumbrado con su sonrisa, y con sus ojos oscuros que miran sin ver. Porque le veo que se esfuerza pero también veo que se da por vencido cuando no logra distinguir gran cosa.
                Y es muy cariñoso conmigo, y parece que me conoce de toda la vida. Pero si me paro a pensar… él siempre ha trasmitido la imagen de tipo peligroso. Todo el mundo se enteró de cuando se enfrentaba con Colin, el ex de Brittany. Ha visitado el despacho del director más veces que la limpiadora.
                Jamás habría llegado a imaginar que el pandillero peligroso y con ese lenguaje a medias entre dos idiomas (en el que te decía cosas que nadie sabía a ciencia cierta qué significaba) iba a comportarse conmigo como un gatito ronroneando.
                Supongo que cuando ya esté bien pasará de mí, y bueno, al menos lo habremos pasado bien. ¿Cómo no podría enamorarme? Realmente es encantador, ojalá hubiera estado yo en el lugar de Brittany Ellis, yo no lo habría dejado escapar.
                ¡Y qué descarada he sido! Casi ni me lo puedo creer, es estar a su lado y largar como un criminal acorralado. Alex no tendría precio como interrogador, con buenas palabras y su sonrisa puede hacer que un detenido confiese hasta las pajas que se hace al día.
                                               *                             *                             *                             *
                Me levanto por la mañana temprano, he soñado con Alex, ha sido algo extraño a la vez que natural, sobre todo después de haberme quedado dormida pensando en él, y tentada de llamarle al teléfono de la habitación para oír su voz. Pero habría sido una locura y un error inmensos, se habría pensado que estoy perturbada.
                Pues eso, he soñado con él pero no recuerdo la escena con exactitud, solo que me dejaba envolver por sus brazos y estábamos así un buen rato.
                Permanezco unos minutos bajo la ducha, sin poder quitarme de la cabeza la escena. Finalmente empieza a salir el agua fría y me envuelvo en una toalla esponjosa. Estoy deseando que pasen todas las horas que me separan de estar con él de nuevo, en realidad no sé cómo voy a sobrevivir hasta entonces.
                He conocido a otros pacientes guapos, de mi edad más o menos, pero ninguno me ha hecho desear volver a hacer mi odioso trabajo no remunerado.

                Llego a la cocina y mi padre ya ha puesto en mi plato las tostadas y me ha cortado en trocitos la fruta. Mi padre suele hacer la comida cuando está en casa y le gusta preparar el desayuno para quienes estemos allí. Mi hermano Ben está terminando de desayunar para salir volando. Es mayor que yo tres años y trabaja con mi padre, ambos son bomberos. Lo cierto es que le sienta de muerte el uniforme, tanto el de faena como el de gala, y al igual que mi padre, es bastante alto, de hecho yo no sé de quién he debido heredar mi escaso metro setenta.
                - Ya te queda poco, hermanita – me dice cuando pasa por mi lado y mete la mano en mi plato para adueñarse de un trozo de piña.
                - Solo son un par de semanas más de clase y luego libertad absoluta – confieso.
                - ¿Has pensado a qué te vas a dedicar este verano? – pregunta mi padre, ¿acaso tengo elección? Si hay algo cierto en esta familia es que nadie puede quedarse demasiado tiempo inactivo mirándose el ombligo.
                - Venga, a clase – me apremia papá dando palmadas como si fuese un animador de festejos. Me bebo el resto de la leche y me llevo la tostada para terminarla por el camino. Subo a mi utilitario destartalado que mi hermano rescató del desguace para mí, BENDITA JOYA.
                Cuando meto primera, esta marcha rasca bastante y la gente suele mirarme pensando que no he pisado el embrague a fondo.       
                Mi padre dice que me conforme con el estado del coche, que ya le echará un ojo, pero yo sigo haciendo el imbécil con el trasto inútil. Porque todas las mañanas se lleva una suerte de insultos, cualquier día se revelará contra mí y tendré que ir a clase caminando.

                Tardo quince minutos en llegar al instituto y cinco minutos más en encontrar aparcamiento libre en la parte más alejada. Lucy está sentada en los escalones de la entrada leyendo un “manga” y aislada del mundo con los auriculares de su Ipod. No es que seamos íntimas (solo somos amigas) me siento a su lado y me pasa uno de los auriculares. No me gusta la música que escucha, pero aparento que sí.
                Veo entrar a los amigos de Alex, esos chicos con los que va, y noto una punzada de rabia, sé que cuando esté listo, me ignorará como hace todo el mundo.
                Brittany acaba de entrar al edificio, antes no pero ahora me siento celosa de lo que ha compartido con Alex. Gracias a Dios parece que lo suyo no ha funcionado, pero no debo cantar victoria, DONDE HUBO FUEGO AUN QUEDAN RESCOLDOS… ¿no es eso lo que se dice?

Alex                                                                                                                                                                                 
                Parece mentira, pero estoy ansioso por ver a Tatiana. Hoy, cuando he despertado, me ha parecido que mi vista había mejorado. Luego ha llegado el doctor y me ha examinado los ojos, con una jodida linterna que me ha deslumbrado. Me ha dado buenas noticias, dice que me estoy recuperando bastante bien. De mis otros males… dice que va despacio pero que estoy evolucionando según lo previsto. Es optimista con mi recuperación… y yo también.
                La tarde y la noche que he pasado, hasta que me ha sobrevenido el sueño, ha sido agotadoras… nunca he deseado tanto algo.
                Y hoy estoy ansioso por que llegue Tatiana para contarle las novedades. Aunque tal vez no le cuente nada… suelo tener la mala costumbre de replegarme sobre mí mismo y solo dejo ver mi dura coraza.
                Pero ella no tiene coraza, Tatia abre la boca y dice lo que le pasa por la cabeza. Su padre dirá que no es conveniente pero a mí me resulta refrescante.
                Llaman a la puerta.
                - Buenas tardes – saluda Tatiana. Se acerca a la cama y cuando la tengo más cerca la tomo de la muñeca y tiro de ella hasta sentarla en la cama a mi lado. Tomo su cara entre mis manos.
                - Dios mío, eres preciosa.
                Noto tensión en sus brazos que ha apoyado a ambos lado de mi cuerpo, para no caerse sobre mí. Quiere  levantarse pero no se lo permito. Me concentro en prestarle atención… efectivamente tiene los ojos de gato, verde, almendrados, con unas tupidas pestañas oscuras. Su cabello es castaño oscuro, enredo mis dedos en él, es sedoso y suave.
                Dios, me siento como un bebé con un juguete multicolor. Es una gozada ver tantos detalles. Debo de estar embobado y ella no ha dicho ni una sola palabra, parece asustada.
                - Tatia, eres hermosa – le confieso sin pudor.
                - Eso lo dicen todos, por aquí la gente está tan agradecida de que los entretenga que son capaces de decirme cualquier cosa con tal de que siga haciéndoles el rato más llevadero.
                No me puedo creer que no se lo crea.
                - Tatia, es cierto. Eres hermosa – ahora soy capaz de ver sus reacciones, y su reacción ha sido ruborizarse e intentar huir de mí. Pero no lo voy a permitir, esta chica me gusta y no la pienso dejar escapar. Quizás me estoy dejando llevar, tal vez me equivoque… y he cometido dos errores… y pero dicen que A LA TERCERA VA LA VENCIDA.