Relatos cortos, criticas y algunas cosas más.

sábado, 12 de marzo de 2011

11 - (Robert) MI ANGEL DE LA GUARDA

                Noté un roce en la mejilla y luego en los labios, pero estaba demasiado cansado para despertar. Debió pasar un buen rato hasta que me decidí a abrir los ojos para ver de dónde provenía el embriagador olor a lavanda que me llamaba desde el mundo consciente. Y ella estaba allí, esperaba que no fuese solo un sueño. Su pelo castaño recogido en una coleta baja, como casi siempre, dejaba a la vista la forma de su mandíbula, que a mí me estaba trastornando.
                - Lady Mariam…
                Sonreí al verla sobresaltarse, me pareció que estaba encantadora con aquella carita de sorpresa.
                - ¿Cómo te encuentras?
                Me miré y me reí de mi mismo al verme en semejante estado, aún no me había parado a pensar en la situación, tan embobado que estaba con Mariam. Tenía que encajar algunas piezas, sabía que estaba en un hospital, pero ver a Mariam me despistó de un vano intento de descubrir qué hacía allí.
                - Ahora mismo estoy de maravilla – me sentía estupendamente, no me dolía nada y casi no sentía nada, tan solo fascinación por esa chica.
                - Ya. – me dijo no muy convencida. – Me llamó una tal Rosita y me dijo lo que te había pasado.
                Apartó la mirada ruborizada porque yo no dejaba de mirarla. Rosita la había llamado, Rosita… ¿y quién era Rosita? Mi madre.
                - Rosita es… alguien así como mi empleada – dije sintiéndome un capullo prepotente - … y lo más parecido a una madre que he tenido nunca.
                Quería ver a Rosita, estaría muy preocupada por mí.
                - ¿No está tu padre por aquí?
                De repente me acordé de la cadena de acontecimientos que me había llevado hasta la cama de un hospital. ¿Por qué preguntaba Mariam por mi padre?
                - No lo he visto aún, y no quiero verlo.
                 Poco a poco iba recuperando la normalidad, el atontamiento inicial se iba disipando. También me dolía un poco el hombro y la pierna. En realidad, todo el cuerpo, pero no pasaba de ser una mera molestia, de momento. Todo esto me lo había buscado yo, debí aguantar los golpes como siempre, pero aquella última vez le habría arrancado la cabeza, porque ya no podía soportar más tiempo en esa casa.
                - ¿Por qué has venido? – le pregunté con curiosidad, aunque notaba que el cansancio se iba apoderando de mí. En vista de nuestra extraña conversación del día anterior, estaba claro que no éramos compatibles.
                - Ya te dije, me llamó Rosita.
                - Si… pero ella no te obligó a venir. Me quedó claro que tu no…
                Antes de terminar, ella me atajó y yo me reí.
                - ¿Yo no qué?
                - Que no querías nada conmigo.
                Las fuerzas me fallaban, la voz también, pero no me quería ir tan pronto. No quería dejarla todavía.
                - Rob, deberías descansar. Has salido de una operación doble. Creo que te han puesto tornillos como para montar una estantería de Ikea.
                La conciencia y la inconsciencia se mezclaban en mi cabeza como en un videoclip, y me hizo gracia lo de la estantería. Al reír me dolieron las costillas y eso me hizo regresar de nuevo al mundo consciente. Decidí mirarla y memorizar cada centímetro de su rostro por si jamás volvía a despertar. Allá donde fuese, que me acompañara su recuerdo. La oscuridad se cernió sobre mí y dejé de ver lo más preciado.

                Sin embargo volví a despertar. Ya sabía que la presencia de Mariam me tenía anclado en el mundo consciente.
                - Lady Mariam. ¿Todavía aquí?
                - Me he sentado un momento y me he quedado frita. No lo entiendo, me he levantado bastante tarde esta mañana.
                Quien no lo entendía era yo, debía ser producto de las drogas, que todo lo que hacía o decía me parecía fascinante. No puede ser que fuese tan fantástica y que yo no lo hubiese notado antes. Quizás es que no le había dado la oportunidad, y lo poco que conocía de ella, era lo que yo había querido conocer.
                - ¿Qué pasa? ¿Por qué me miras así?
                - Estás tan… distinta.
                Intenté tomarle la mano y me costó trabajo moverla de su sitio. Había sido una reacción instintiva, pero me quedó un gesto torpe. Aún así ella no me dijo nada pero la vi ruborizarse.
                - El distinto eres tú. Nunca te había visto sonreír tanto, y no sé si es por las drogas o porque te has golpeado la cabeza.
                Sí que me sentía distinto. Flotaba en una nube de la que no quería bajar. Ojalá fuese siempre todo tan sencillo.
                - Bueno – dijo para terminar o cambiar de tema, o no sé. Porque el calor que desprendían sus manos me estaba poniendo nervioso. - ¿Cómo pasó todo?
                - El accidente – traté de visualizar la escena. El recuerdo de mi clavícula al romperse me estremeció. Así que le conté cómo había sucedido todo.
                - Ajá. Rosita me dijo que habías discutido con tu padre y que estabas furioso cuando saliste de casa.
                ¿Rosita? ¿Por qué le había contado tantas cosas? No tenía derecho.
                - Lo siento, no era mi intención entrometerme en tu vida. Pero debo decirte que no me importa que seas la clase de tío que se mete en peleas, si tienes problemas puedes contar conmigo.
                Por lo visto, Rosita no se lo había contado todo. Ella creía que mis golpes eran producto de mi carácter problemático, se pensaba que iba buscando bronca por ahí. Y no sabía que el noventa por ciento de mis heridas pertenecían a la hábil mano de mi padre. HE TENIDO PELEAS CON OTRA GENTE, PERO POCAS VECES ME HAN SEÑALADO.
                ¿Y si mi padre supiera de la existencia de Mariam?
                - No necesito ayuda. – Sin embargo, me hizo sentir extraño que ella pensara que era un busca broncas. – De modo que piensas que soy un tipo peligroso.
                -  Bueno, yo… vi las marcas de tu cuerpo, el resto es pura especulación. Creo que es hora de irme – dijo en un tono claramente apremiante, se había asustado. – Lamento haberte alterado, no era el propósito que tenía al venir aquí.
                Vi como se colgaba el bolso y se disponía a alejarse de mí. Era algo que no podía tolerar. ¿Quién sabía si el siguiente paso de mi padre era el centro ese del que no dejaba de hablar? Entonces tal vez no la viese más.
                - Mariam, no te vayas – le rogué ansioso. Ella se detuvo pero no me miró, sino que fue hacia la ventana, lo bastante lejos de mí como para no poder tocarla, ni rozarla siquiera. Aun esperé unos momentos hasta que Mariam volvió a hablar, no quise atosigarla para que no se alejara más. Se giró hacia mí y me tendió la mano.
                - Mira, perdona. Seamos amigos ¿vale? - Correspondí a su gesto y me sentí agradecido porque no fuera una persona rencorosa. – Y ahora, discúlpame porque mis tripas me reclaman algo de comer. Creo que me está dando un bajón de azúcar.
                Aquello no me gustó. Pero era lógico que tuviese apetito, yo también lo tenía.
                - No tardes – no quise parecer ansioso, pero lo estaba.
                - Cuenta con ello.
                Soltó su mano de la mía y para mí fue como si cortase la cadena que me anclaba a este mundo. Me fui a la deriva. Salió de la habitación y me sentí desprotegido, frágil. ¿Cómo diablos podía estar tan colgado de Mariam? Si solo se trataba de una chica de diecisiete años que era insignificante para todo el mundo, menos para mí.
                Oí la puerta y sonreí, había olvidado algo. Pero que decepción cuando apareció una auxiliar rechoncha y bajita portando la bandeja de mi almuerzo.
                - Oh, mi niño. Con ese brazo inmovilizado no podrás comer. Enseguida vuelvo y te ayudo. – ante todo era muy cariñosa, eso no lo podía pasar por alto en una persona.
                - Gracias. Pero no se preocupe, soy zurdo… me las apañaré bien.
                De todas formas, antes de irse, tuvo el detalle de trocearme el filete y dejármelo todo preparado para que pudiese valerme por mí mismo. Tan solo había degustado un trozo de carne, cuando ya se me indigestó. Sin llamar a la puerta, sin hacer ruido, había llegado mi PADRE.
                - Estás pálido, hijo.
                ¿Pálido? La sangre había abandonado mi rostro y las manos, las tenía heladas, estaba viendo al diablo de mi infierno particular. Se me había quitado el apetito.
                - Has tenido suerte, dice el doctor que pronto estarás bien.
                - Ya – el zanjé para ver si se iba de una vez.
                - Si quisiera verte muerto te habría matado yo mismo hace tiempo.
                ME ESTAS MATANDO POCO A POCO, TAMPOCO HAY TANTA DIFERENCIA.
                - He pensado que no va a ser necesario que vayas a la universidad. En cuanto te gradúes, entrarás a trabajar para mí. Un poco de trabajo duro te vendrá bien. – Sentenció con su natural autoridad. – Así que no te metas en líos, acércate a la gente adecuada y procura terminar con buenas notas ¿entendido? Nada de malas compañías, haré lo que sea para llevarte por el buen camino.
                HIJO DE PUTA, no me podía estar haciendo eso, nunca me iba a dejar en paz. En ese instante alguien llamaba a la puerta, recé porque no fuese ella, el lobo estaba en casa.
                - ¿Has terminado? – preguntó la mujer de antes. – Oh, no has comido nada. Quizás luego te apetezca algo.- miró a mi padre y luego se volvió a mí de nuevo – Vendré más tarde – cogió la bandeja y la llevó hasta el carrito.
                - Gracias – le dije a sabiendas de lo mal que le sentaba a JW que fuese dando las gracias a quienes hacían algún servicio. De hecho me echó una mirada de desaprobación, dando a entender que aún tendría mucho por aprender.
                Mi padre salió de la habitación y yo respiré aliviado, parecía como si en su presencia hubiese tenido unas manos invisibles rodeándome el cuello y apretando lentamente. Logré reprimir las lágrimas. Cerré los ojos, aturdido por la visita de mi padre y sus planes de futuro. Asustado por Mariam, estaba seguro de que no figuraría entre las compañías adecuadas a las que mi padre se refería. Preferiría cortar con ella cualquier conexión, a que mi padre se enterase del asunto y lo zanjase él.
                Oí unos golpecitos en la puerta y miré con desgana, allí estaba Mariam, con su tímida sonrisa, pero enseguida se puso seria. De todos modos ella era una personita perseverante.
                - ¿Malas noticias?
                Pero no fui capaz de mirarla a los ojos, no podía enfrentarme a ellos y decirle las palabras con las que la perdería para siempre. Se acercó y esperó pacientemente a que yo dijese la primera palabra.
                - Mariam. Será mejor que te vayas – las palabras desgarraron mi garganta conforme iban saliendo, estaban envenenadas.
                - ¿Eh? ¿De qué estás hablando?
                Estaba sorprendida, así que decidí dar el golpe de gracia, en eso era bastante experto. La miré a los ojos al fin.
                 - Quiero que te vayas.
                No tuve que esperar para ver la reacción de Mariam. Se puso pálida y vi como se daba la vuelta sin mirarme. Me maldije mil veces y me mordí el labio para no pedirle que me perdonase. Sin embargo vi como ella se volvía de nuevo hacia mí, por un momento pensé que querría abofetearme. ¿Qué podía ser si no?
                - Ya puedes sentirte orgulloso porque me has humillado de todas las formas posibles. No me explico cómo soy tan estúpida. Espero que mejores pronto.
                Entonces se fue corriendo de allí.
                - ¡¡Mariam!! – grité varias veces, intenté levantarme pero un intenso dolor recorrió todo mi cuerpo cuando fui a sentarme en la cama. No supe que más ocurrió porque me desmayé.

                - El pequeño Robert está dormidito – noté un roce en la frente, pero un olor extraño, no era lavanda. Abrí los ojos. Aquellos dos iris verdes no me eran desconocidos, pero no eran las dos bolitas marrón oscuro que yo deseaba ver. – Parece que ya abre los ojos.
                - Dana.
                - Hola mi bebé. – Y me dio un beso en la mejilla. – Vaya, estás hecho un Cristo. No me puedo creer que todo esto te lo hayas hecho con el casco puesto.
                - Eso es porque cuando se lo hizo… no llevaba el casco puesto.
                El que acababa de hablar era mi medio hermano Jared. Él y Dana eran gemelos, al menos un año mayores que yo. Y al parecer estuvieron viviendo en la misma casa que yo hasta que murió mi madre. Luego su abuela se hizo cargo de ellos.
                - Vivir en esa casa se ha convertido en un deporte de riesgo, ¿no, hermanito?
                - Me las apaño bien – dije, sin poderles mentir. Dana se sentó junto a mí en la cama, mientras Jared curioseaba por todos los rincones. Ambos eran altos y atractivos, asistían a la universidad y más parecían sacados de un comic que de una revista de moda. En eso se parecían mucho, a los dos les gustaba todo lo relacionado a comics de cazadores de vampiros y cosas similares. Se ve que no tenían que batallar diariamente con la vida real, donde un simple mortal te podía vapulear hasta dejarte sin sentido.

10 - (Robert) ALGO BUENO... Y ALGO MALO.

                Fue la noche más extraña de mi vida. Mariam aparecía en mis sueños ataviada con un vestido de seda de color lila, andaba descalza por un bosque, con algunas flores prendidas entre el cabello. Venía hacia mí caminando como si flotara y me abrazaba. Al despertar estaba relajado y descansado. En la calle llovía a mares, hubo un apagón pero enseguida saltó el generador de emergencia.
                Por ningún motivo quería que me viesen llegar en el coche con chófer que papá había dejado a mi disposición, así que Rosita llamó a un taxi que me recogió en la puerta de casa y me dejó en la puerta del instituto. Me apresuré para no ponerme como una sopa, y entré en clase. Me esforcé para no pensar en ella, pero sin quererlo me vi buscándola por todas partes. Cuando por fin la encontré, no me miraba, como si yo no existiese, empecé a sentirme un poco fantasma. Pero lo que tanto había perseguido (que me ignorase) lo conseguía ahora que quería lo contrario.
                Intenté hacerme el encontradizo, pero no hubo suerte. Me puse detrás de ella al entregar el trabajo de Lengua, pero tampoco me miró. Yo buscaba una señal, algún detalle que me diera luz verde. Pero no veía nada que me autorizase la aproximación. Además, su amigo Patrick no se retiraba de su lado.
                Durante toda la semana estuve tanteando el terreno, en una ocasión le rocé intencionadamente la mano. ¿Qué esperaba? Simplemente que ella diera el primer paso, me dijera una palabra, la que fuese.

                El viernes decidí que tal vez no sería capaz de abordarla nunca y menos al salir del instituto, pues ahora eran tres y yo me estaba volviendo un grandísimo COBARDE. A última hora vi con impotencia que se levantaba para irse y sin pretenderlo me coloqué detrás de ella y la tomé del brazo. El impulso me había dejado sin habla.
                - Mariam.
                Ella se volvió de frente a mí, no era tan frágil como aparentaba. Me miró fijamente a los ojos y yo me perdí en los suyos.
                - ¿Sí?
                - Esto… perdona – balbuceé, pero mi voz sonó firme.
                - ¿Qué te perdone? – Fue brusca, me lo merecía – No recuerdo nada por lo que deba perdonarte.
                Se me escapó entre los dedos y se dispuso a salir de allí.
                - Mariam – insistí.
                - ¿Sí? – se detuvo pero no me miró.
                - Yo… – pero no me salían las palabras. – Mariam, yo…
                Se volvió y me miró muy seria.
                - Está claro que ahora sables mi nombre, ya no soy María, como el otro día. ¿Has terminado? – era cruel, sus palabras me dolían, pero me lo merecía, la había tratado peor.
                - Mariam, escúchame.
                La sujeté de nuevo por el brazo para que no se me escapara antes de que pudiera terminar.
                - Te escucho pero no dices nada concreto. Me limito a hacer lo que dijiste el otro día al salir de gimnasia: “que te deje en paz porque… porque no te intereso ni te interesa hacer amigos”.
                Era increíble cómo podía recordad con todo lujo de detalles, me estaba volviendo loco y el corazón se me iba a salir del pecho. Le tomé la barbilla y la besé en los labios, carnosos, suaves, los cuales me devolvieron el beso durante un segundo, luego se apartó de mí. Igual que si yo fuese contagioso.
                - Vale, ya me has dado las gracias por haberte recogido el otro día en la calle, no hacía falta el beso. Ya no me debes nada.
                Me hizo gracia pero no me reí, aquello tenía que funcionar. Huía, debía quemar mis últimos cartuchos.
                - Eres muy difícil, tía – quizás no fue la frase más acertada pero se volvió y se sentó. Me miró fijamente y por un momento pareció que se protegía contra mí.
                - En primer lugar… no soy tu tía – sonreí por la ocurrencia. – Escucha, creí que habíamos conectado, pero vale, me equivoqué. – NO TE EQUIVOCASTE, quise decirle. – No es la primera vez que cometo este tipo de errores y créeme que no será la última. Quiero decirte que te ayudé porque lo necesitabas, y no me arrepiento. Pero te fuiste sin decir ni adiós. – DE LO CUAL ME ARREPIENTO ENORMEMENTE. – Creí que no querías saber nada de mí y ahora vas y me besas. Y dices que yo soy la difícil… chico, el cerebro no me da para más, y menos en viernes.
                Una vez terminó de hablar, se levantó como si la mesa le hubiese dado un calambrazo y se esfumó. Lo cierto es que no supe qué pensar. Oh, Dios, cómo me gustaba y ese rabanete suyo me hacía cosquillas en el estómago. Arrastré la mochila detrás de mí, mientras salí en su busca. ¿Por qué era tan difícil? ¿Porqué no podía aceptar mis disculpas?... quizás porque no había sido capaz de hablar con claridad.
                Deambulé por el pasillo buscándola, pero al fin me di por vencido. Sin duda este no sería el día en que Mariam Clark haría las paces conmigo.
                Llegué junto a mi moto y eché un último vistazo al instituto, había conseguido su número de teléfono en secretaría y me constaba que se acostaba tarde, así que una llamadita con una disculpa, al teléfono quizás reuniera el valor suficiente. Puede que mañana pudiésemos almorzar juntos.

                Cuando dejé la moto en el aparcamiento, tuve un extraño presentimiento. Igual que cuando mamá murió en ese accidente. Algunas horas antes de que sucediera, supe que mi vida iba a cambiar para siempre. Ahora no era una cosa tan grave, pero intuía que algo iba a pasar. Lo que temía, o lo que en aquel momento pensé que temía, no tardó en llegar.
                Estando en el vestíbulo de casa, me llegó la voz del gran Jason Wayne dando órdenes en voz alta a sus lacayos al otro lado de la línea telefónica. Me apresuré a subir la gran escalera rápido para que no me oyese, pero el gran J.W. tenía el oído muy fino, o un sensor en el culo conectado con la entrada de casa.
                - ¡Robert! – me llamó desde su santuario, cuando JW llamaba, había que acudir con presteza, era algo así como el dragón dormido al que no se debía despertar.
                Me apresuré para entrar en el despacho, me sentía de un humor bastante positivo como para buscarme un problema. Porque esa noche pensaba llamar a Mariam, y sabía que ella me escucharía esta vez. Además, iba estupendamente en el instituto, llevaba bastantes días sin ver a los chicos y no creía que hubiera motivo de queja.
                Pero el gran JW siempre debía dar su golpe de gracia en todos los sentidos posibles.
                - Sí, papá.
                - ¿Papá? Ya no tienes seis años para seguir llamándome así. ¿Qué imagen vas a dar en mis empresas si te comportas como un crío?
                Iba a replicar pero me callé, mejor mantener el pico cerrado. Jason Wayne había decidido que hoy era día de cobro, y eso no se lo quitaría nadie de la cabeza.
                - ¿Acaso no me has oído? ¿O me ignoras como si fuese un desequilibrado?
                Un desequilibrado hijo de puta, más bien. ¿Y qué quería? Era imposible de complacer. Aún así me arriesgué.
                - Lo siento, Señor. No volverá a suceder.
                - Que lo sientes. El hijo de Jason Wayne, el heredero del Imperio Wayne no puede ir por ahí lamentando sus palabras. ¿¡Eres un necio!?
                Pero exploté, no sé ni porqué, pero en ese momento me cegué, y en lugar de cargar contra él y tumbarle de un buen derechazo, le dije lo que pensaba.
                - ¿¡Y qué quieres de mí!?
                - ¡Respeto! - ¡¡¡BUMMM!!! Caí sobre el escritorio y me golpeé la frente contra el pulido mueble de exquisita madera finamente labrada. – Respeto para empezar, y después, que te hagas responsable de tus palabras.
                Me tenía la cabeza sujeta contra la mesa, y aunque podía soltarme con un leve forcejeo, estaba asustado y esperé a me liberara. Lo que tardó algunos minutos en llegar.
                Sé que sangraba porque noté el característico olor de la sangre, aunque no era algo que me molestase o asustase, estaba bastante acostumbrado. Finalmente me quitó la mano de encima y me incorporé despacio, experimenté un cierto mareo, que fue apenas imperceptible, pero veía desenfocado a aquel animal. Entonces hice lo peor que podía hacer ya para terminar de empeorar las cosas, me reí al verle distorsionado.
                Y juro que aún así vi venir el revés de la mano con el anillo sin voltear, pero no me dio tiempo a esquivarlo. Trastabillé una milésima de segundo y fui a parar a la moqueta que ya presentaba algunas gotas de sangre muy, muy fresca. Me incorporé con gran dificultad hasta quedar con una rodilla en el suelo, solo quedaba la falsa disculpa de él, en la que me decía que todo lo hacía “por mi bien”.
                - Hijo, debes ser más respetuoso… sabes que esto me duele a mí más que a…
                - Eres un cabrón hijo de puta – le atajé para que no pudiera terminar su jodida frase de siempre. Vi como se abalanzaba hacia donde yo estaba pero de un brinco me levanté y Salí de allí lo más rápido que fui capaz. En el camino me topé con Rosita, que al verme soltó unas cuantas palabras en su idioma referidas a una Virgen Santa María no sé qué.
                Corrí hasta el garaje y me subí a la moto. Me calé el casco con dificultad y giré la llave en el contacto. Tan solo quería salir de allí, y aunque tuviese que contarle toda la verdad, a la única persona que deseaba ver era a Mariam.
                No estaba ni remotamente cerca de su casa, y de pronto supe que el problema más grave estaba por llegar. Hasta ese momento no tenía una visión clara de mi entorno, pero entonces el asfalto comenzó a ladearse bajo las ruedas, y ya no pude enderezar la moto.
                El golpe de la misma sobre mi pierna derecha no lo sentí tan doloroso, ni tan siquiera el trayecto que nos deslizamos hombre-máquina como uno solo. El choque del hombro y brazo contra el asfalto tampoco me quitó el aliento aun en la conmoción del momento. Pero el impacto de mi hombro contra un bordillo, después de deslizarme casi media calle, fue brutal. Hasta oí el chasquido de la clavícula al fracturarse.
                En cuestión de minutos, me vi rodeado por un puñado de transeúntes que comenzaron a darme ánimos y decirme que no me preocupase, que la ambulancia estaba por llegar.
                Tenía un dolor tan intenso, tan espantoso, que era incapaz de articular palabra. Pero cuando escuché la sirena de la ambulancia, fue como un bálsamo para mí, dejé de sentir dolor, dejé de ver las caras de la gente a mi alrededor, y de sentir el frío en mi cara. Solo Mariam.
                Oí hablar a mi alrededor, me sentí tan relajado y desinhibido que respondí de forma automática a algunas preguntas que me hicieron, sin saber quién las hacía o qué decía. Sin embargo, de nuevo me sumergí en la bendita inconsciencia, con el rostro de Mariam ante mis ojos en todo momento.

9 - (Robert) HAY DIAS EN LOS QUE ES MEJOR NO SALIR DE LA CAMA

                El sábado, el gran J.W. tomaba un vuelo hasta Londres para no sé qué parida suya. Quedé con los colegas y nos fuimos a los billares. La semana había sido agotadora y ya era hora de relajarme un rato en buena compañía. Aunque esa mañana no me había despertado muy bien, apenas había desayunado, y el almuerzo fue un mero trámite para no hacer enfadar a Rosita.
                - ¿Vas a tomar algo?
                - No, otro día tal vez, creo que me ronda un virus o algo de ese tipo, lo que menos deseo es que termine mal la noche.
                - Vale tío, pero una birra no te hará daño.
                Paul me tendió un botellín, tenía la garganta reseca y me apetecía algo frió, también podría adormecer un poco los recuerdos. Cayó también el segundo y tercero. Mi tolerancia eran tres, a partir del tercero… no recordaba qué había.
                - Tío, vamos al sitio ese, Riverside. Van unas nenas que no veas.
                - Mm, yo creo que voy a pasar, me largo a mi casa – me sentía enfermo, no ya por el alcohol, sino también por el estómago, que lo tenía revuelto. Sin embargo me dejé llevar como en un sueño hasta que estaba dentro del club Riverside.
                La música, las luces, la gente… no había bebido lo bastante para estar así, pero no aguantaría en pié mucho más tiempo. Volví sobre mis pasos y me tambaleé con tan mala suerte de echarle media coca cola a uno de los gorilas de la puerta. Me sujetó por los brazos y me zarandeó como a un muñeco de trapo. Yo solo quería que parase.
                - Suéltame, cabrón – le dije entre una arcada y otra.
                - No te quiero ver más por aquí ¿entendido? – me volvió a sacudir y me empujó hacia atrás. El suelo desapareció bajo mis pies y apareció de repente bajo mi cabeza, de pronto todo fue negrura. Escuché mi nombre, una vez, dos… Abrí los ojos, pero no noté demasiada diferencia con tenerlos cerrados, todo estaba desdibujado.
                - Rob, despierta, ¿estás bien?
                En un torbellino empezaron a encajar las piezas, me daba vértigo. Cabeceé para que dejaran de darme cachetadas.
                - … Sí, deja de pegarme – sujeté la mano para que parase y la olí, recordaba ese aroma              – Mm, hueles bien – algo en ese olor me relajó, como si fuese familiar. Mariam.
                - Será mejor que te vea un médico, te has dado un buen golpe.
                Me fui a levantar y ella me puso la mano en el hombro con firmeza, impidiéndome el movimiento, y yo me sentía tan débil que no pude rechazarla. Entonces comprendí lo que me había propuesto.
                - No quiero ver a ningún médico, me encuentro bien – solo me faltaba que mi padre se enterase de todo esto.
                La rarita y su amigo me ayudaron a levantarme, cogiéndome cada uno por un brazo. De pronto reparé en el amigo que les acompañaba y me reí sin ganas, comprendí que al amigo friki le iban los rabos. El suelo se torció y adquirió un extraño ángulo, a la vez que todo se nublaba. Unos brazos fuertes me sujetaron, y un dulzón olor a canela me envolvió.
                - Estoy bien, de veras. Solo necesito tumbarme un rato – pero con urgencia.
                - Te llevamos a casa. ¿Dónde vives? – propuso el de la canela, bajo ningún concepto podía aparecer en casa en tan lamentable estado.
                - ¡No!... a casa no – musité sin ánimo ni fuerzas.
                No sé cómo lo hizo, pero la chica cargó conmigo casi todo el tiempo, hasta que llegamos a su casa. Apenas fui consciente del trayecto, pero sé que debió hacer un gran esfuerzo para su tamaño. Estaba sudando a mares y de pronto, el sudor se me secó en la piel y me hizo tiritar de frío. Lo sentí en el alma, pero no me salían las palabras para disculparme después de vomitar profusamente en el vestíbulo.
                - … Yo no…
                - No te preocupes, ven conmigo – me dijo guiándome hasta su habitación. Quería saber porqué hacia esto, pero estaba ido y mudo. Caminé apoyado en ella y me senté en una cama, me eché hacia atrás y el resto ya fue historia.
                Soñé muchas cosas, difusas, revueltas, imágenes sin sentido. Vi a Mariam en mis sueños, olí su aroma a lavanda, me punzaba la nuca pero no lo suficiente para hacerme despertar. Más tarde olí un aroma distinto… jazmín y luego, una agradable frescura en la frente.

                Me dolía la cabeza y sentía los ojos resecos, con dificultad los abrí y me vi en un lugar que no conocía.
                - Buenos días, Bello durmiente.
                - ¿Qué haces aquí? – el dolor de cabeza amenazaba con enterrar mis pensamientos entre agudas punzadas, no era capaz de hilar una idea coherente.
                - Vivo aquí.
                Claro, ya recordaba, me había traído a su casa, había vomitado en el salón. Esta debía ser su habitación. Miré alrededor y descubrí que no era el típico dormitorio rosa con posters de chicos famosos y esas cosas de las niñas de su edad… de mi edad. Una cama ancha, una butaca desvencijada, un armario empotrado, una cómoda y una librería. Ah, un escritorio con un ordenador portátil muy, muy anticuado.
                - ¿Qué hago en tu casa?
                - No quisiste que te llevara a la tuya, así que no tuve elección.
                Entonces lo recordé todo y me entró pánico.
                - Hostias, mi padre – de ésta me mataba, seguro. ¿Qué le iba a decir en esta ocasión? Me levanté, pero la habitación comenzó a dar vueltas vertiginosas. Me senté a la espera de que parase.
                - No sé qué estás pensando, pero ya me dejaste claro el otro día que no te interesaba. Solo es… no sé lo que es. Pero no fui capaz de dejarte tirado en la calle.
                La miré sin comprender, ya que no había prestado atención a lo que decía. Lo único que entreví fue la cara que puso, había llegado a alguna conclusión, se dio la vuelta y se fue. Me tomé un momento y al final logré levantarme muy poco a poco, hasta asegurarme de que mis piernas podían sostenerme. El espejo, frente a mí, me devolvió una imagen penosa. Tenía el pelo pegado a la cara y estaba pálido. Las marcas… ¿Cuándo había perdido la camiseta? ¿Qué diría? ¿A quién se lo contaría?
                Fui al salón apresuradamente y la vi trastear en la cocina, de espaldas a mí, no me había oído llegar. Ya casi a medio metro, de nuevo el aroma a lavanda, me embriagaba. Terminé detrás de ella, tan cerca que podría rozar su cuello con los labios si quisiera.
                - ¿Mi camiseta? – pregunté, pero ella no se sobresaltó, me había oído llegar. Seguro.
                - Ahí en la escalera de emergencia – y me indicó por donde, sin mirarme. Recogí la camiseta y me la puse enseguida.
                - … Los moretones… – quise darle alguna explicación convincente, pero ella me atajó.
                - No voy a hacer preguntas, si te refieres a eso.
                Tampoco sabía qué contestarle, me di la vuelta y puse distancia entre los dos. Tendrían que acabarse estas situaciones raras.

                Caminando hacia el Riverside no paraba de darle vueltas al asunto, y el problema no era que ella se fuese de la lengua, el problema era que no podía alejarme de Mariam. La detestaba unas veces, por meterse en mi mente y no dejarme ni dormir ni pensar. Era tan insignificante a mi lado, al lado de Rob Wayne… que lo único seguro es que sufriría junto a mí.
                Recogí la moto y fui a casa enseguida. Rosita me recibió en la puerta con cara de preocupación.
                - Criatura, ¿dónde has estado? – Me abrazó y me tocó la frente – Tienes fiebre.
                - Estoy bien. Voy a ducharme, prepárame algo suave para desayunar.
                El agua tibia me relajó y allí estuve bastante rato hasta que tomé una decisión. No podía dejarla escapar. Me tomé el desayuno tardío de Rosita, que me reconfortó el estómago, y salí en pos de mi destino.
                Llamé a la puerta pero nadie contestó. Me sudaban las manos y me las sequé en el pantalón. Llamé repetidas veces y nada. Solo me quedaba deambular por el barrio para ver si la encontraba. Sentí el corazón inquieto.
                Después de varias vueltas, la vi sentada al otro lado del parque. Estaba comiéndose un bocadillo y haciendo un crucigrama. Entonces me acobardé, no había planeado qué decirle, por si la improvisación se me daba mejor. En ese instante me miró pero no se inmutó. Tampoco yo era capaz de hacer algo, anclado en el sitio como estaba. Llegado el momento pensé que sabría actuar, pero este no era el caso.
                - Hostia, maldito cobarde – mejor era irme y pensarlo con más calma, me puse el casco y me fui a darme una vuelta por ahí para despejar las ideas.